Editorial – Número UNO

Golpea la mirada de manera dulce e imponente. La acaricia como quien acaricia un tesoro de miles de años, pero no un tesoro de piedras preciosas o de un metal valiosísimo en cuanto a lo económico, no, la acaricia como quien acaricia a su padre, a su madre, a su hijo o al amado, a la amada. La acaricia sintiendo la fragilidad, no queriendo dejar pasar ni un rayo del poderoso tiempo.

Allí, por el hombre, sosteniendo al hombre. Allí se alza el olivo centenario encarnando su anclaje, su raíz, su terrenal existencia. Terrenal con mayúsculas porque él era tierra, la tierra que anclada y enraizada no sucumbe al viento, al oleaje del devenir humano porque se deja mecer sin perder la brújula.

El olivo cruza su mirada con el olivo hermano e hijo a la vez. A miles de kilómetros, en su isla, Lanzarote, porque como bien dice un amigo también somos de donde pacemos, el segundo le devuelve esa mirada y llora y ríe a la vez, con tranquila conciencia.

Se recuerda viajando a los pies de José Saramago, siendo apenas un briznal, a miles de kilómetros del suelo. Se recuerda seguro por la confianza de Saramago en el hombre como parte de la tierra y de la naturaleza. También se recuerda acompañado por su amigo, en su lucha por crecer frente al viento, frente a la piedra, frente a la descreencia, y arraigando juntos.

Pero la confianza en la tierra no nace de la nada. José Saramago es fruto de su memoria familiar y si hay un hombre que deja huella en él, ese es su abuelo Jerónimo Melrinho.

Jerónimo, un pastor de cerdos en Azinhaga, donde años más tarde nació José, amaba la tierra. Dice el proprio Saramago que Jerónimo, cuando supo que la muerte venía a por él, se despidió de todos los árboles de su huerto, uno por uno.

José Saramago cuenta esta anécdota que tanto le marcó como cuenta las historias, sin signos de puntación, casi sin respirar y a la vez convirtiéndolo todo en una sola respiración. Quizás también no le vino esa forma de la nada.

Jerónimo también era contador de historias y bajo una higuera, donde tenía una silla perenne, le contó cientos a José y encendió la maravillosa y cegadora luz de la literatura, en su interior.

La cegadora luz que alumbró toda una novela o aquella de la que podrían haberlo tachado algunos de visionario, la ceguera individual llamada también egoísmo.

Él, tan solo observaba, como el olivo cuando arrancan sus frutos y sigue dando más y más y como Jerónimo.

Él, esperaba, paciente como Ricardo Reis, pero sin dejar de puntualizar tras el silencio.

José Saramago fue ese hombre que fue su abuelo. A su forma, pastoreando el pensamiento de tantos que seguro cada noche durmió sin saberlo, abrazado a muchos. Queriéndolos como hijos, sin serlos y sin saberlo.

Desde la sencillez dibujo personajes del día a día con los que uno aprende a vivir y con los que la denuncia está presente sin tener que ser enarbolada de manera clara.

Y dotó de fuerza a sus personajes femeninos. En cierta forma, como la tierra.

Blimunda, echa a si misma. Ana Pardo, la sabiduría frente a la ceguera. María Magdalena, la honestidad, la verdadera maestra.

Hoy, a un año de que se cumplan 100 años de su entrega a la tierra, sigue enraizando conciencias.

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