Conmemorando el décimo aniversario de su muerte

“Hace ahora diez años.

Era viernes y salía del trabajo, con toda la alegría del comienzo del fin de semana. El verano asomaba y yo iba camino de una cerveza fresquita con la familia, mientras un sol luminoso, despreocupado, alegraba el mediodía, cuando la radio me anunció la muerte de un ser querido. Había fallecido un hombre bueno. José Saramago.

Recordaba un sol similar, mientras paseaba una Lisboa radiante engalanada de carteles, en cada puente, en cada farola, que anunciaban a los cuatro vientos del Atlántico su premio Nobel.

De él sabía más de su persona que de su obra, de la que quedé impactado por ‘Ensayo sobre la ceguera’. En cambio, cada declaración suya, cada cita que leía de él era una lección de humanidad.

Dibujo de Saramago
Marco Villar (Flickr)
(CC BY-NC-ND 2.0)

Su continuo recuerdo a las muertes por hambre en el mundo, una cada cuatro minutos, decía; su desprecio a los especuladores, a los corruptos; su amor a las cosas sencillas.

‘Si tuviera la oportunidad’, decía, en un extracto radiofónico de ese mediodía de viernes que se volvió triste, ‘si tuviera la oportunidad, pediría vivir, vivirlo todo, desde el principio, incluidos los dolores y la amargura de la vida. Pediría vivir’.

‘Pediría vivir’.

Yo estoy contigo, Saramago, aunque no estés. Aunque tu materia ya no sea más que cenizas y tú pensaras que a día de hoy ya serías nada, la Nada con mayúsculas. La Nada que no es verdad. Tu pensamiento se irrigó y sigue vivo.

Los ciudadanos necesitamos referentes, y hay pocos de la calidad que tú tuviste, personas como tú que dan sentido a esta vida inentendible, sabios que con su palabra y sensibilidad hicieron lo posible por descifrar las claves, por dar coherencia al comportamiento humano y trazar un camino.

No olvidaré esa frase que nos recordabas de tu querida abuela, allá en su pueblo del Portugal más escondido, cuando ella veía sentada en una silla la vida escapársele, con noventa años:

‘La vida es tan hermosa, José… ¡Qué pena de morir!’

Tras la visita este verano a su casa de Lanzarote (yo estaba pasando el duelo por una amiga joven que acababa de morir):

En mi particular huida del mundo, esta mañana he disfrutado de la casa de Saramago en Lanzarote.

Tal vez la tristeza con tristeza se limpia, al menos a mí me ha reconfortado pasear por sus habitaciones en una visita reducida, guiada con exquisita sensibilidad, en la que se nos explicaba el día a día del Nobel portugués en su despacho, una austera mesa de pino con las patas mordisqueadas por sus perros, en un salón con vistas al mar lleno de pinturas relacionadas con sus novelas, la entrada con su alfombra de piedra volcánica, la cocina en la que compartió almuerzo con escritores, cineastas, filósofos y presidentes, la cama donde murió, sereno.

Me daba miedo hacer esta visita por temor a que hubieran comercializado su figura, lo que pude descartar en cuanto vi a Pilar, su mujer, como una más entre los trabajadores de la Fundación.

En un momento dado el guía me propuso leer en voz alta un texto. A mí, sentimiento en carne viva estos días, me tembló la voz al leerlo y se me humedecieron los ojos.

‘Cómo se emociona este hombre con Saramago’, pensaría el resto de visitantes.

Sí. Uno se emociona con lo bello. Se emociona con la emoción, si tiene las puertas abiertas a lo intangible.

 

La foto que acompaña este artículo es de A Casa, «una casa hecha de libros». Así fue definida por el Premio Nobel de Literatura: José Saramago. Vivienda que sirvió de refugio, inspiración y paz al autor en sus últimos 18 años de vida. Y es que, «Lanzarote no era su tierra, pero era tierra suya». Hoy las puertas de la casa están abiertas a todo el que quiera invadirse de su esencia. Habitar sus zonas comunes, es habitar por un instante algo de magia.

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